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Q UE sí, oiga, que se van y casi siempre quieren volver, y digo yo, como decía mi abuelo Francisco, "veisus, veisus", cuando otro proverbio antiguo dice que "para volver más vale no irse". Lo de "veisus", es decir, lo de irse, todos terminamos haciéndolo algunas veces, muchas veces en nuestra cotidiana vida. Otra cosa es despedirse para siempre y al año siguiente, o como máximo dos años, mandar el mensaje de querer volver.
Los que me leen saben que este artículo versa sobre el tema taurino y la referencia a irse no es otra que la de abandonar la profesión de torero, que unos la tienen que dejar por necesidad, vamos, porque no tienen corridas contratadas ni visos de conseguirlas, lo que por desgracia para los toreros sucede muy a menudo. Otra cosa es aquellos matadores que han alcanzado fama y dinero. Anuncian a bombo y platillo que han dejado su huella en la historia del toreo. Se van y pretenden volver dos temporadas después de irse con la promesa de no volver.
Cuando se ha sido un torero de época, casos que suelen darse cada cuarto de siglo, más o menos, cuando se retiran del toreo activo, la afición en general lo siente y no digamos sus seguidores. Hay varios ejemplos vividos desde mediados del siglo pasado hasta nuestros días con vueltas esperadas y resultados, en lo económico, sustanciosos para los toreros. Así, a vuela pluma, recuerdo el esperado retorno al toreo de don Antonio Ordóñez y las pingües ganancias que le reportaron. Antonio Chenel "Antoñete" se fue muchas veces y volvió otras tantas, menos una, claro en la que por razones de edad no podía con la "taleguilla", como vulgarmente se dice. "El Litri" fue un torero valiente, con gran cartel. Se fue, volvió y su caché subió.
"El Cordobés", otro caso de ida y vuelta con bastante menos éxito que cuando se marchó. La última que quiero citar, reconociendo que en los últimos sesenta años ha habido muy buenos toreros que los aficionados hemos sentido su marcha, es la vuelta de José Tomás, que no sólo llena las plazas donde se anuncia, sino que lo hace cobrando varias veces más que cuando se fue.
El caso del torero de Galapagar, al que no quiero juzgar en esta artículo, es parecido, creo yo, al del "pelos", llamado Manuel Benítez, al que le costó años llegar a la cima del toreo y convertirse en el mandón máximo cuando estaban en activo toreros bastante mejores que el cordobés, como Ordóñez, que nunca quiso alternar con él, Paco Camino, Diego Puerta, "El Viti" y tantos y tantos, pero el que llenaba a reventar las plazas era "El Cordobés", un hombre del pueblo que dirían los políticos de ahora, que se hizo multimillonario, mientras sus compañeros- figuras, haciéndose ricos, ni de lejos llegaron a los dineros que cobraba el "pelos".
Para un servidor, oficio aparte, José Tomás es más valiente y torea mucho mejor que el de Córdoba, que adquirió, después de muchas cogidas buen oficio, tuvo mucho poder en sus muñecas (pero que mucho), y su heterodoxia nunca llenó mis gustos de aficionado, mientras que el de Galapagar, cuando torea, es otra cosa distinta, me emociona su profundidad, cada día más depurada, su valor, cuando no se convierte en temeridad absurda, mientras su acusada personalidad, que dicen tiene, me deja absolutamente indiferente. Será la edad, supongo.
Ahora un torero que ha sido tremendamente popular, con oficio, perfilero siempre, de los que en la profesión no han echado "la pata alante" amenaza con volver. Ha montado "su circo" mediático en programas del corazón y se vestirá de luces en plazas de tercera para llevarse lo que pueda. Se llama Jesús Janeiro, de los "janeiros" de toda la vida, y se apoda "Jesulín de Ubrique".
Qué diferencia entre toreros como Ordóñez, "El Litri", "El Viti", José Tomás, y el de Ubrique. La historia se repite. Lo de ahora ha pasado siempre. Se van y vuelven, con éxito unos, los menos, y fracasos de la mayoría.
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